Carta al Gobierno Vasco

La siguiente carta la mandé al Gobierno Vasco y a varios periódicos al poco de salir del psiquiátrico de AitaMenni con intención de denunciar el trato recibido en tal sitio. Recibí una disculpa formal por parte del gobierno vasco y uno de los periodicos editó la carta en su versión digital:

 

Muy señores míos, soy un joven guipuzcoano de 33 años de edad, enfermo mental, el cual quisiera ser escuchado por alguien, que se dirige a vosotros para denunciar y haceros participes de la realidad que, como yo, miles de guipuzcoanos y guipuzcoanas viven, han vivido o vivirán en los hospitales psiquiátricos de media o larga estancia concertados por Osakidetza y en particular, en el hospital psiquiátrico Hermanas Hospitalarias AitaMenni situado en Arrasate-Mondragon.

De nuestra realidad y día a día dentro de estos centros se sabe bien poquito (no es un tema muy hablado en entidades publicas, medios de comunicación o en la propia calle) y me parece importante que gente como vosotros seáis conscientes del trato inhumano, hostil y violento que enfermos mentales como yo sufrimos dentro de estas paredes cuando solicitamos ayuda a este tipo de centros, que lamentablemente, son la única salida que encontramos cuando nuestras enfermedades hagraban y se hace insufrible nuestra existencia. Y me concentro en enfermos mentales, que como yo, sufrimos patología dual, es decir, enfermedad mental y adicción a las drogas.

Yo pedí ingresar en Aita Menni después de pasar un año aislado sin poder salir de casa y sufriendo el atroz y bestial golpe de mi esquizofrenia, el cual me llevó a plantearme de forma real el cortarme las venas para, por fin, dejar de sufrir y acabar con mi constante agonía. Llegados a este punto, tenia que coger medidas. El día de mi ingreso pase por una primera entrevista con la psicóloga y el psiquiatra responsables de la unidad en la que yo fui ingresado. Ellos, al ver mi degradada salud mental, decidieron hacer de mi ingreso un ingreso involuntario a pesar de que yo fui voluntariamente y por petición propia a aquel hospital. Me hicieron firmar un papel dando mi consentimiento a aquella decisión, dejando así mi libertad en manos de mi psiquiatra y un juez, los cuales decidirían cuando podría salir de aquel lugar, privando a mí de decidirlo por mí mismo.

Yo firmé, pero mi estado mental estaba tan degradado que yo no fui en ningún momento consciente de lo que firmaba, y para cuando yo fui consciente de que estaba encerrado en aquel lugar hasta que un psiquiatra y un juez decidieran que me podía marchar, ya habían pasado dos semanas y ya no había marcha atrás. Estaba preso en aquel lugar.

El ambiente en un psiquiátrico es desolador. Te pasas 22 horas al día encerrado entre cuatro paredes y un pequeño patio rodeado de altísimas vallas, con el único entretenimiento de una tele, un periódico, un libro o un mp3 si tus familiares te lo traen, y un paquete de tabaco. Los minutos parecen horas y las horas se hacen eternas. No te dejan alzar al voz, ni tumbarte en un banco a descansar, ni cerrar los ojos para dormir, y cualquier muestra física de afecto, digamos besos, caricias o abrazos están prohibidos entre los internos, cuando, el cariño y el afecto es, para nosotros, la mejor de las medicinas y de las terapias.

La gente pasa horas paseando en el patio, 10 metros para la izquierda, tocar valla, 10 metros hacia la derecha, tocar valla, y así durante horas, haga frío, calor, lluvia o nieve, ya que es lo único que te relaja y no es una pastilla. La gente grita, insulta, agrede, roba, habla sola, hace movimientos extraños, se echa al suelo, te mira mal, habla de ti a tus espaldas, te critica por cualquier cosa, pide tabaco, dinero, comida, que le prestes especial atención, y hay quien pasa el tiempo haciendo sufrir y pasar miedo a algún compañero más débil o solitario.

Los numerosos auxiliares controlan cada movimiento de los internos, y sientes la intensa y constante mirada de ellos durante todo el día estés donde estés y hagas lo que hagas. Te da miedo dar un paso fuera de lo común por las constantes llamadas de atención y broncas de los auxiliares, y te pones firme y tenso cada vez que ves un uniforme blanco cerca de ti. Te vigilan dentro de la unidad y en el patio, por detrás de las ventanas y a través de las puertas, y no te relajas hasta que desaparecen de tu vista. Según entras en el centro te hinchan a medicación psiquiátrica, y hasta que tu cuerpo se acostumbra a ella (semanas, meses…) pareces un zombi, que ni sufre ni siente placer, porque simplemente dejas de sentir cualquier estimulo interno o externo.

La medicación te da un sueño insufrible y constante, pero no te dejan dormir porque debes de estar activo en el centro. El cansancio y pesadez del cuerpo te acompaña durante todo el día debido a la alta dosis de medicación, pero no te dejan tumbarte en los bancos ni cerrar los ojos. Se te cae la baba, te hablan y no te enteras, tienes problemas para hablar, engordas kilos y kilos constantemente, te mueves más lentamente, no reaccionas, y el sedentarismo te acompaña 22 horas al día. Pierdes apetito sexual e incluso pasas años hasta que consigues tener de nuevo una erección decente. La medicación crea adicción y que se te pase una sola dosis puede ser motivo de desestabilidad mental, sufrimiento, intensos dolores de cabeza o paranoias. Lo malo es que a lo largo del ingreso van probando diferentes medicamentos y cantidades contigo hasta dar con el adecuado, y para cuando consigues acostumbrarte a un tipo de medicación y paliar todos estos efectos negativos, de repente te cambian la pauta y empiezas de cero otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Insufrible.

La única forma que encontramos de vivir un día a día decente y sentirte una persona normal es haciendo uso de los estimulantes para contrarrestar la medicación, y así se hace un consumo generalizado y prolongado de café, bebidas energéticas y anfetaminas. Es nuestro día a día. O eso, o vives como un zombi y sin sentir nada durante meses, incluso años. Los castigos son la forma que el centro encuentra para que cumplamos con las normas. Una de ellas es que no puedes consumir drogas mientras estés ingresado. Para asegurarse de que no lo haces, se hacen periódicos controles de orina. Los problemas empiezan cuando das positivo en uno de estos controles. Te castigan con privarte de las 2 horas de libertad que tenemos al día durante un mes (eso supone que en un mes no sales de las cuatro paredes), te dejan sin poder pasar el fin de semana en casa, y poco a poco te van dando la libertad que antes tenias. Como sigas dando positivos, las penas se alargan más y más y pueden durar meses y meses.

El último castigo de un buen amigo mío duró 8 meses, 8 meses sin salir de esas cuatro paredes y sin ningún contacto con el exterior, ya que no podía recibir llamadas ni hacerlas él desde dentro. Cuando estás tanto tiempo sin salir de un lugar, la angustia se apodera de ti constantemente y una pastilla es lo que el centro te da para que tu no sientas esa angustia. Podían darte un paseo, no? En fin…

Los cacheos al entrar a la unidad son constantes, y si en una de estas te pillan con alguna sustancia encima, corres el peligro de que te aten a la cama durarte unos cuantos días. Cuando te atan, te pasas 6-8-10 días atado a una cama por correas sin poder moverte de 3 puntos. Tan solo de dejan una mano libre, los pies y una mano las tienes atadas a la cama. Solo te sueltan para ir al baño y comer. Así durante 6-8-10 días. A eso yo le llamo tortura. El mismo castigo te dan si intentas escapar del centro o si cometes algún tipo de delito fuera del centro. El problema es que en ningún momento recibes ningún tipo de asistencia o apoyo psicológico para superar la adicción a las drogas. El trabajo psicológico para superar este problema es nulo en estos centros, y la única forma que tienen de asegurarse de que no consumas drogas son castigo cada vez mas duros y pastillas y pastillas para paliar la ansiedad y el mono. Cruel, muy cruel.

Para terminar, me gustaría hablar del escaso tratamiento y apoyo psicológico que se recibe en estos centros. Las conversaciones con el psicólogo o psiquiatra se reducen a 1 o 2 horas a la semana de tratamiento, cuando, una persona como yo necesitaba 2 o 3 horas diarias para superar todos sus problemas, traumas y limitaciones. La intensidad del tratamiento psicológico es nula, siempre se repiten las mismas cosas, y como empieces a incumplir las normas del centro las charlas con el psicólogo cambian de matiz y se limitan a tratar el porqué de tus incumplimiento de las normas y que debes hacer para cumplirlas, como serán tus castigos, etc… Pasé año y medio encerrado en AitaMenni, y después de este periodo lo único que siento hacia ese centro es odio, pena y sufrimiento. Le tengo pánico a esos lugares y lo único que hice yo para acabar en un lugar así es ponerme enfermo. Ese fue mi único delito. Ahí cosas que a mí, ahora, desde la distancia, no me cuadran de estos sitios. Cuando una persona está enferma necesita cuidado, cariño, reposo, amor, compañía y tranquilidad. Que su vida sea lo mas simple y tranquila posible para que tenga fuerzas para vencer la enfermedad. Pero a nosotros, los enfermos mentales, lo único que nos dan es privarnos de nuestra libertad, meternos en un centro que no da más que miedo y angustia, llenarnos de medicación y castigarnos eternamente por ser ‘malos chicos’ e incumplir las normas.

Yo me siento torturado y despreciado por ese centro. Allí una persona pierde todo valor como persona y se convierte en un ser que ni siente, ni parece ni tiene opinión propia. Allí lo que tú opines da igual, porque las normas son las normas y ahí que cumplirlas. El sistema de control es totalmente fascista y autoritario. Un hospital psiquiátrico es lo más parecido que existe en nuestra sociedad a una cárcel penitenciaria, y todos sabemos qué es la cárcel. Es lamentable, ya que nuestro único delito que hemos cometido es estar enfermos! A mí, todo esto, nunca me cuadrará como algo lógico y beneficioso para la salud.

Podría seguir hablando eternamente sobre estos centros, pero me dan muchas ganas de llorar y ahora no me apetece sufrir. Simplemente quería hacheros llegar esta realidad para que fuerais conscientes de cómo nos trata el sistema a los enfermos mentales, que no somos más que enfermes, pero ante todo, seguimos siendo seres humanos.

Atentamente, un saludo

Aitor

Pd: El más brutal de los castigos que yo he visto en este centro ha sido tener a un enfermo con las dos manos inmóviles atadas a la espalda durante 2 años por internar agredir a un psiquiatra varias veces sin conseguirlo.



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